Judíos secretos Piden al Gran Rabinato el derecho a pertenecer al pueblo de Israel

El venerable rabino Boarón no daba crédito a lo que veían sus ojos. Francesc Bellido de Sant Feliu desplegaba con primor un talit que su madre le había tejido cuando era un niño, 60 años atrás, para que siguiera los preceptos de su religión secreta. Blanco con franjas azules en sus extremos, el manto de oración judaico no se diferenciaba en nada del que su propia madre le había legado a él o a millones de judíos en todo el mundo. Lo extraordinario era que Bellido había nacido y crecido en Cirat, en el abrupto interior de Castellón, en una tierra donde oficialmente los judíos se habían acabado cinco siglos atrás, cuando los Reyes Católicos les dieron a escoger entre el exilio o la conversión.

Boarón, la mano derecha del Gran Rabino de Israel, estuvo con una delegación religiosa en Barcelona el 31 de marzo y el 1 de abril (el 2 visitaron la antigua judería de Girona) para escuchar los casos de decenas de descendientes de conversos de la península Ibérica que reclaman el derecho a pertenecer al pueblo de Israel. Lo que resultó más extraordinario a la comisión es que la mayoría de estas personas han conservado no sólo la memoria, sino también rituales y tradiciones de sus antepasados israelitas.

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La puerta del retorno

El próximo mes de mayo se cumplirán tres años del primer seminario que Shavei –entonces Amishav- celebró en Barcelona. Un encuentro gozoso entre chuetas, anusim, y una organización dedicada a promover el retorno de los hijos perdidos de Israel que, por escribirlo claramente, cambió mi vida.

Siempre he recordado aquellos días catalanes como unos de los más felices de mi existencia. Lo que me estaba ocurriendo me parecía imposible: por primera vez mi solitario peregrinaje en busca de mis remotas raíces judías era origen de atención y no sólo de curiosidad.

Pocos meses antes de nuestro primer encuentro en este mismo escenario que hoy nos congrega, un amigo anusim de Palma de Mallorca –Pedro Salvador, que ahora se llama Shimón y reside en Jerusalem- me había llamado por teléfono.

Al igual que muchas otras veces, me comunicaba que había llegado alguien desde Israel interesado en el tema de los chuetas. Por aquellos días andaba yo un poco cansado de ser el inevitable anfitrión de todos los que, movidos por la curiosidad histórica, científica o cultural, aterrizaban en Mallorca para observar de cerca la rareza de unos descendientes de judíos conversos que, a lo largo de los tiempos y a través de una endogamia que se había prolongado hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, habíamos conservado las peculiaridades físicas, antropológicas e incluso sociales, de unos antepasados que nunca renunciaron del todo a su fe judía y que fueron condenados por la Inquisición.

Una minoría que, vejada y marginada durante generaciones, había luchado por sobrevivir en un mundo hostil, que nos recordaba continuamente nuestra condición de deicidas. Hasta entonces, eran incontables los curiosos –periodistas, estudiosos, rabinos, e incluso genetistas- que habían buscado un contacto a la búsqueda del eslabón perdido del judaísmo mallorquín.

Y dado que los chuetas que estábamos dispuestos a testimoniar públicamente nuestra identidad éramos ultra-minoritarios, siempre veníamos a ser los mismos los convocados. En aquel momento, lo repito, empezaba a sentirme un poco cansado de este juego.

Aquella vez, sin embargo, todo iba a ser muy diferente. Para mi sorpresa me encontré ante un rabino y un periodista –ex alto cargo del gabinete de Benjamín Netanyahu- que, en una cafetería del centro de Palma, me ofrecieron participar en un proyecto de recuperación de la perdida identidad judía de los chuetas.

Todo eso y mucho más lo cuento de manera pormenorizada en la cuarta parte de un libro que aparecerá en Palma dentro de pocas semanas. El libro –originalmente escrito en catalán, que es mi lengua- se titula “Raíces chuetas, alas judías” y consta de cuatro partes perfectamente diferenciadas, amén de una introducción y un epílogo. La primera parte, muy extensa, se titula “Historia de una endogamia” y recoge mis recuerdos personales y familiares, remontándose a la más lejana memoria, la de mis abuelos.

Se trata, al decir de los pocos que lo han leído, entre ellos mi mujer, aquí presente, de un estremecedor relato literario, el apasionante retrato de una saga familiar de descendientes de judíos conversos, que bien pudiera haber dado lugar a una novela. No hay ficción, sin embargo, en aquellas páginas, como muy bien reflejarán las antañonas fotografías que las acompañan. Hay nostalgia, recuerdo y homenaje a unos chuetas que, quizá sin saberlo, me transmitieron algo más que la vida: mi alma y mi pasión judías.

La segunda parte del libro lleva el título de “Extramuros” porque relata la salida al mundo exterior de un chueta que, hasta prácticamente su mayoría de edad, había vivido bajo el amparo y la protección del clan familiar.

En la tercera parte, titulada “Del estigma a la militancia”, se recoge la larga y dolorosa experiencia que viví desde la asunción de mi condición de descendiente de judíos conversos hasta llegar a un compromiso público –y a menudo publicado- de convertir el estigma en un signo de identidad.

Es, quizá, la parte más dura del libro porque, no queriendo ni siquiera ocultar mis propios errores y miserias, cada persona y cada momento queda reflejado – y documentado- con la fuerza aplastante de las hemerotecas.

Pero  en este quizá para mi, postrer seminario, lo que quizá pueda interesar de mi libro es su cuarta parte, la que titulé “Morfología alada”. El título se basa en una historia que el último día de nuestra estancia en Israel nos contó Renana, la esposa del rabino Birbaum, en su casa de Efrat, donde un día David pastoreó sus rebaños. El propio  rabino se acordará, ya que estaba ahí en aquella memorable noche.

A continuación traduzco al castellano unos párrafos de la introducción de mi libro porque creo que reflejan perfectamente lo que aquella noche significó para mí y supongo que para muchos otros.

“La velada tenía un regusto agridulce, como de despedida anticipada. El rabino, al que había conocido en los inicios de la primavera de 2003 y con el cual, desde entonces, he mantenido una relación estrecha y profunda, no había formado parte del grupo de personas que habían ejercido el papel de guías y maestros en el curso de nuestro periplo israelí.

Los trabajos de Birbaum al servicio de la causa de los descendientes de judíos esparcidos por todo el mundo lo habían retenido en la India. Sus colaboradores nos habían advertido que, antes de nuestra partida, tendríamos ocasión de compartir unas horas con el rabino –alguno de los expedicionarios ni siquiera le conocía- puesto que, en compensación por su forzada ausencia, Birbaum y su familia nos acogerían en su hogar”.

“La familia, tan importante para los chuetas –al menos para los de mi generación- lo es todavía más para los judíos observantes de su religión. Aquella noche, quizá en base a su estrategia de relación con chuetas y anusim, Birbaum quiso que sus huéspedes tuviéramos especial conciencia de ese hecho.

Renana, su esposa, y sus dos hijas, se esforzaron en el papel de anfitrionas, implicándose de manera muy especial en todo lo que ocurrió entre aquellas paredes. La buena cocina –alguno de mis compañeros de viaje habían llegado a pensar que ese concepto era ajeno a la vida en Israel- nos fue ofrecida graciosamente como una parte inseparable de la hospitalidad de la que éramos objeto.

Antes de cenar, sin embargo, nos agruparon en el saloncito de la casa, decorado con valiosos y bellos objetos relacionados con el judaísmo. Había libros –algunos aparentemente muy valiosos- por todas partes. La gente se sentó formando un círculo- Estaba previsto que todos los asistentes, uno a uno, diésemos pública explicación de cuanto habíamos sentido y vivido en el curso de aquellos días inolvidables.

La rueda de intervenciones fue rica en emociones y sentimientos y algunos hubo que prácticamente no pudieron hablar, atenazados por la emoción, que resultó mucho más elocuente que sus propias palabras. Pese a ello, al menos por lo que a mi respecta, el impacto más fuerte de aquella noche fue el que me provocó la intervención de la esposa de Birbaum”.

“La rabanit…quizá no tenga palabras para describir aquella mujer, y sobre todo, para explicar el cúmulo de sentimientos que sus palabras me provocaron. Renana es alta y elegante, con una apostura señorial que más cabría imaginar en un escenario parisino que en un pueblecito cercano al agreste desierto de Judea.

No he vuelto a verla desde entonces, pero recuerdo unos ojos profundos, de una serenidad lacustre y, por encima de todo, su manera de hablar, en un español correctísimo de inconfundible acento francés. Más allá del mensaje que nos transmitieron sus palabras, me impresionaba su dicción, aquella manera de subrayar una expresión para dotarla de mayor contenido, aquellas inflexiones de voz ligeramente rotas, con las que humedecía de emoción los conceptos que quería transmitirnos.

No fui el único que quedó electrizado por las palabras de la rabanit. Todos la escuchábamos como si tuviésemos la certeza de que cuando aquella mujer callase el mundo se hundiría a nuestro alrededor. La historia que nos contó forma parte quizá de la épica de los pioneros que llegaron a Palestina desde el Este de Europa durante el último tercio del siglo XIX.

A lo mejor no se trata siquiera de una historia real, pero aquella parábola iluminó de pronto las tinieblas del peregrinaje –incierto camino de Retorno a una identidad, a una tierra o a un Dios, según los casos- de los descendientes de judíos conversos, que si somos mallorquines llevamos el nombre de chuetas. Detrás de la serenidad de aquellos ojos y aquellas palabras sentí brotar el  manantial de mis ancestros, que murmuraba canciones de aguas profundas, pero quizá ya no inalcanzables.

– ‘Aquel muchacho –contó la rabanit- había llegado a Eretz Israel hacia pocos días y pronto lo llevaron a la escuela. Allí un profesor le habló en hebreo, una lengua que el chico había utilizado desde siempre para rezar, pero con la que no era capaz de expresarse con fluidez. El profesor pidió a sus alumnos que, de manera parecida a lo que habéis hecho vosotros esta noche, explicaran en voz alta lo que querían ser en la nueva vida que iniciaban, y porque querían serlo. En principio el muchacho se sintió molesto, e incluso pensó que no participaría en aquella especie de juego.

Lo habían llevado a una escuelita sin explicarle el sentido de aquel traslado. Y ahora le pedían que revelase sus sentimientos más profundos, que los sacase a la luz en una ceremonia casi impúdica. Sin embargo, a medida que sus compañeros iban hablando, el recién llegado tomó una decisión. Hablaría claro, sería fiel a lo que sentía y pensaba desde el fondo de su corazón. Llegado su turno se levantó. Las palabras le surgieron decididas, como si viniesen de un lugar muy lejano, profundo y escondido’.

– En Eretz Israel quiero ser un árbol, pero también un águila.

-¿Ah si? Y ¿por qué?

– Quiero ser un árbol porque los árboles tienen raíces que permanecen firmemente sujetas a la tierra. Y si ésta es la Tierra Prometida yo quiero estar enraizado en ella, como los árboles que he dejado atrás, en el lugar del que vengo.

– Pero… ¿y el águila?

-También quiero ser un águila porque ellas vuelan por encima del bosque y pueden ver todo el paisaje, no solamente el entorno oscuro y limitado de los árboles. Quiero volar más allá del bosque para fijar mi vista en el horizonte, para tener una visión de conjunto de cuanto me rodea y así no olvidar nunca que soy un árbol que un día fue trasplantado a esta tierra’.

“La rabanit hizo una pausa mientras apartaba una tenue cortina de cabellos que le caían por la frente. Nos miró a todos los que llenábamos el salón de su casa. Fue un breve momento, pero aquella mirada – detrás de la que yo creí adivinar el brillo casi imperceptible de una lágrima- parecía dirigida personalmente a cada uno de los que la escuchábamos en medio de un silencio reverencial”.

-‘Mirad: está noche, a través de vuestras palabras y también de vuestra actitud, he podido comprender que sois unos árboles con unas raíces muy profundas. Este hecho es, evidentemente, indiscutible. Lo que en esa noche, en el fin de vuestro viaje a Israel, podemos hacer por vosotros, si así lo deseáis, es daros unas alas’.

“Aquella mujer empleó una parábola perfecta para iluminar el largo camino que, siempre a tientas, me había conducido desde mi lejana infancia, aquellos primeros días en los que pude escuchar por primera vez la palabra “chueta”, hasta mi segundo viaje a Israel, un periplo ya totalmente judío, sin la menor concesión a la “Tierra Santa” de los cristianos.

Un camino que había recorrido prácticamente solo, sin saber muy bien adonde me llevaba. Era la primera evidencia –antes solo había tenido percepciones, vagas ilusiones agrietadas por el mordisco de tantas madrugadas de hielo- de que, al final de mi incierta trayectoria podía encontrar un anclaje, un noray en el que amarrar mi barco para siempre.

Pese a la incertidumbre me sentí un privilegiado. No había renunciado, como tantos otros, a la travesía. No me había conformado nunca con las explicaciones ajustadas a la conveniencia de cada momento. Tozudo, había querido seguir adelante, seguro de que, al menos yo, no era una rama muerta, sino un brote vivificado, preparado para florecer de nuevo. Miré a mí alrededor.

Éramos unos treinta y sólo había tres chuetas entre nosotros. Decenas de miles de personas como yo habían quedado atrás, muchos ni tan siquiera iniciaron nunca aquel camino, otros quedaron en la cuneta, cansados de avanzar sin rumbo, aplastados por la densidad de las tinieblas. Pero nosotros divisábamos un poco de luz más allá de la oscuridad. Aquella noche, a un tiro de piedra de Jerusalem y Betlehem, inauguraba una nueva etapa. Ahora, por fin, le crecían alas a mis raíces”.

Miquel Segura
31/03/2006

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Se abre el primer centro para Anusim en Brasil

Por primera vez, un centro educativo judío ha abierto sus puertas en Brasil con el objetivo de llegar a un gran número de Bnei Anusim que viven en el área

Bnei Anusim son los descendientes de los judíos que fueron forzados a convertirse al catolicismo durante la Inquisición que comenzó en el siglo XV.

“Beit Aryeh – el Centro para Bnei Anusim de Shavei Israel” se encuentra al norte de Brasil en la ciudad de Recife. Fue fundado por la iniciativa de la Organización Shavei Israel cuya principal sede se encuentra en Jerusalem, la cual trabaja para alcanzar y asistir a los “judíos perdidos” que desean retornar al Pueblo Judío.

El centro se encuentra bajo la dirección del rabino Abraham Amitai, quien fue enviado el año pasado como representante oficial de Shavei Israel a Recife, donde también ejerce como rabino de la comunidad judía local. Graduado de un seminario rabínico israelí, el rabino Amitai habla perfectamente hebreo, inglés y portugués.

“El centro servirá como un punto central para los Bnei Anusim aquí en el norte de Brasil”, dijó el rabino Amitai, señalando que “hay un gran número de personas en esta parte del país cuyas familias son descendientes de judíos y que desean retornar a sus raíces.”

“Ya hemos comenzado a dictar clases”, dijo, “para aquellos interesados en estudiar sobre su legado judío y que desean reconectarse con el Pueblo Judío.” Los temas que se dictan en el centro incluyen idioma hebreo, historia judía y tradición, así como práctica y pensamiento judío.

“Los historiadores creen que el noreste de Brasil es el hogar de una de las más grandes concentraciones de Bnei Anusim del mundo”, dice el Presidente de Shavei Israel, Michael Freund. “Los cripto judíos portugueses llegaron a Recife ya en el siglo XVI, y se decía que había unas 10 sinagogas secretas que operaban en el área.”

En 1590 la inquisición comenzó a operar en Recife, y muchos “judíos secretos” fueron devueltos a Lisboa, Portugal donde fueron quemados en el estrado a causa de sus creencias, dice Freund. “Sin embargo, muchos otros consiguieron preservar su identidad judía, trasmitiéndola secretamente por generaciones hasta nuestros días, y es nuestra obligación llegar a ellos y ayudarlos a retornar.”

El centro se llama “Beit Aryeh” en nombre de padre del tatarabuelo de Freund, R.Aryeh Chaim Kottler z¨l “quien se vio forzado a dejar su hogar en Rusia junto con su familia para escapar de las persecuciones anti-semitas, de modo similar como los ancestros de los Bnei Anusim tuvieron que abandonar España y Portugal para escapar a sus tormentos”.

Además de Brasil, Shavei Israel cuenta actualmente con representantes en España y Portugal que trabajan para facilitar el retorno de los Bnei Anusim al Pueblo Judío. Además, esta organización también opera el Majón Miriam, un instituto de conversión en español ubicado en Jerusalem el cual funciona bajo el auspicio del Gran Rabinato de Israel y en donde muchos Bnei Anusim completan formalmente su proceso de retorno al judaísmo.

Baruj Gordon 30/11/2005

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Toledot 5772 El Pacto y la Conversación

La tragedia de las buenas intenciones.

Esta es la pregunta profunda que reverbera en el corazón de Toledot. ¿Por qué Rebeca le dijo a Jacob, que engañase a Isaac y tomase la bendición de Esaú? Su mandato fue enérgico y perentorio:

“Ahora, hijo mío, escucha atentamente y haz lo que te mando: Ve al rebaño ahora y tráeme dos cabritos de los mejores, para que pueda preparar una sabrosa comida para tu padre, justo como a él le gusta. Luego llévasela a tu padre para que la coma y te de su bendición antes de que muera.” (Gén. 27:8-10)

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Jayei Saráh 5772 | Un viaje de mil kilómetros.

Nuestra parashá incluye la descripción más serena de la ancianidad y de la muerte de la Torá: “Luego Abraham respiró por última vez y murió siendo muy mayor, un hombre anciano y pleno de años; y se reunió con su pueblo” (Gén. 25:8). Hay un versículo anterior que también conmueve: “Abraham era anciano, de avanzada edad, y Dios había bendecido a Abraham con todo” (Gén. 24:1).

Pero esta serenidad no fue sólo un regalo para Abraham. Rashí estaba perplejo por la descripción de Sará – “Sará vivió hasta los 127 años de edad: [Esos fueron] los años de la vida de Sará” (23:1). La última frase parece totalmente superflua. ¿Por qué no decir simplemente que vivió hasta cumplir 127 años? ¿Qué es lo que se añade por decir “esos fueron los años de la vida de Sará”? Rashí se ve forzado a concluir que la primera mitad del versículo habla acerca de la cantidad de su vida, por cuanto tiempo vivió, mientras que la segunda parte nos habla de la calidad de su vida. “Ellos – los años que vivió – eran todos iguales en bondad.”

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Vaierá 5772 | Caminando juntos.

Sólo existe una imagen capaz de atraparnos a través de los milenios y paralizarnos de la emoción. Es la imagen de un hombre y su hijo caminando juntos en la soledad de un paisaje de valles sombríos y colinas estériles. El hijo no sabe a dónde le llevan ni por qué. El hombre, por el contrario, es un remolino de emociones. Sabe exactamente a dónde se dirige y por qué, pero no puede comprenderlo para nada.

El Dios que le dio a su hijo ahora le dice que lo sacrifique. Por un lado está lleno de miedo: ¿Realmente voy a perder lo único que hace que mi vida tenga sentido, el hijo por el que recé durante tantos años? Por otro lado, algo en su interior le dice: por imposible que pareciese tener este hijo – era anciano, y mi esposa era anciana también – aquí está, a mi lado. Y aunque parezca imposible sé que Dios no se lo va a llevar de mi lado. Ese no es el Dios que conozco y amo. Él nunca me mandaría llamarlo Isaac, que quiere decir “él reirá”, si en realidad quisiera hacernos a él y mi llorar.

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Janet Guaquet: De Colombia a Israel, todo comenzó con una copa

Bien alto, en el estante de la casa de la abuela de Janet, se encontraba una extraña copa la cual estaba prohibido tocarla. El padre de Guaqueta, sabía que era parte de una antigua tradición familiar, pero el significado se había perdido hace ya mucho tiempo. Mientras tanto, prohibió a la familia hablar de la misma.

Muchos años después, Guaqueta se hizo amiga de Gila Arditi (de la cual escribimos en enero del 2011). Ambas trabajaban en el mismo colegio en Colombia – Arditi era la coordinadora y Guaqueta la psicóloga del colegio.

Arditi y su esposo Ariel, habían descubierto recientemente sus raíces de Bnei Anusim – personas cuyos ancestros fueron obligados a convertirse al catolicismo hace más de cinco siglos atrás – y por lo tanto habían comenzado a respetar shabat. Arditi invitó a Guaqueta a la cena de shabat en su casa en Bogotá. Guaqueta estaba sumamente conmocionada al ver a los Arditi tomar una copa similar a la de ella y usarla – para realizar el kidush, la santificación sobre el vino.

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