Parashá Vaishlaj

0 Comments

Elie Wiesel en su libro Mensajeros de Dios nos relata: En su sueño, Jacob vio una escalera cuyo extremo llegaba al cielo. Todavía existe. Están los que la han visto, en algún lugar de Polonia, al costado de una estación de tren abandonada, y un pueblo entero estaba subiendo hacia las nubes ardientes. Tal era el carácter del miedo que nuestro Jacob debe haber sentido.

Wiesel continúa haciendo una descripción de nuestro Patriarca.
Un hombre solitario, un sueño incandescente, un conflicto. Dos hermanos, dos destinos. Atados y separados por la noche. Un hombre frente a la muerte, Un hombre que imagina su futuro.
Un examen de si mismo que implica un cuestionamiento de su pasado. Recuerdos de la primera infancia, de las primeras peleas con su hermano mayor, tempranos triunfos a los que seguía el remordimiento, primeros amores, primera y últimas decepciones. Todos aquellos acontecimientos lo habían conducido al enfrentamiento que acababa de tener con su tío Laban y al que tendría mañana con su hermano Esau.
Jacob estaba preocupado, lo que era comprensible. Mañana podría morir. Su hermano, a quien no había visto en veinte años, no vendría a la cita solo: estaría acompañado, por lo menos, por cuatrocientos hombres armados. ¿Qué ocurriría mañana? Jacob tenía miedo.
En realidad, si hubiera tenido el más mínimo dominio de las cuestiones prácticas, Jacob hubiera tratado de descansar. Mañana iba a necesitar toda su energía, todas sus facultades. No podía, porque esta noche iba a marcar el comienzo de una nueva aventura, la más importante de todas.
Una aventura extraña, misteriosa desde el principio al fin, de una belleza sobrecogedora, intensa hasta el punto de hacernos dudar de lo que experimentan nuestros sentidos. Filósofos y poetas, rabinos y narradores, todos han aspirado a arrojar luz sobre el enigmático acontecimiento que se desarrolló aquella noche, a unos pocos pasos del río Jabbok. Un episodio relatado en la Biblia con su acostumbrada y majestuosa sobriedad. ¿Lo recuerdan?

Dejaron solo a Jacob. Y un hombre luchó con él hasta que amaneció. Cuando vio que no lo había vencido le sacó la cadera de su lugar. Y le dijo:
El día está llegando, déjame ir.

Jacob respondió:
No te dejaré ir, a menos que me bendigas.

Y él le dijo:
¿Cuál es tu nombre?

Jacob respondió:
Jacob.

El otro dijo:
Tu nombre no será más Jacob, sino Israel, pues tu luchaste con Dios y lo venciste.

Entonces Jacob pidió:
Te ruego que me digas tu nombre.

Y él respondió:
¿Para qué deseas saberlo? Y lo bendijo.

Jacob llamó a ese lugar Peniel:
Pues he visto a Dios cara a cara, y sin embargo sigo con vida.

Hay diversas interpretaciones. Aquí las dimensiones del episodio se modifican: asistimos a una confrontación ente Jacob y Jacob. El heroico soñador y el inveterado fugitivo, el hombre modesto y el fundador de una nación se batieron en Peniel en una fiera y decisiva batalla. Y ganó. Podía ser un ángel, su otro yo, o un hombre, pero hay algo seguro, el adversario fue derrotado. Ahora Jacob estaba preparado para enfrentar a su hermano enemigo. Tal es, pues, el significado primordial de este episodio: la historia de Israel nos enseña que la verdadera victoria del hombre es la que logra sobre si mismo.
Peniel: encrucijada, momento dramático para el espíritu de Jacob. Ya no estaba satisfecho con su condición de hijo de Isaac y nieto de Abraham, ansiaba tener un nombre que le perteneciera. Cargar de un significado completamente propio y ligar a un acontecimiento que lo inmortalizara.
Israel no es ya decididamente el Jacob desorientado y sentimental que hemos conocido hasta ahora. Ha aprendido a ser duro y resuelto. A derrotar a sus adversarios e inspirar respeto a los ángeles. Si, por cierto: podría contemplar Peniel y recordarlo con orgullo.Publicado por Edith Blaustein

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.