Parashá Toldot

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Extraído del texto de Avirma Golán en la Antología Korot meBereshit, de Ruth Ravitzky.

Rivka, la soledad de la gran Matriarca

Elegí a Rebeca nuestra matriarca. Me gusta especialmente esa unión: Rebeca nuestra matriarca. A una madre no se la elige. Se vive con ella. Se crece con ella. Se intenta escapar de ella y se descubre, con espanto, que ella se encuentra en nuestra sangre y en cada una de las arrugas de nuestro rostro. Luego de muchos años, cuando se tiene el valor para decir algo de la realidad, se puede afirmar: esto lo heredamos de ella. Es algo molesto y sumamente humano.
Así se puede ver la complejidad al ver más allá de la corteza de Rebeca, la encontramos diferente: una mujer dura, bella, inteligente, atrevida, e intensamente solitaria.
Y la llevó Isaac a la tienda de su madre.

La porción de la Torá en que se desarrolla el drama de Rebeca se denomina “La vida de Sara”, se inicia, justamente, con la muerte de la primera matriarca. Sara se va de este mundo cuando su corazón se rompe al enterarse que su esposo estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo, Isaac. Éste queda solo y desamparado, es el momento correcto para el ingreso de Rebeca.
El escritor Elie Wiesel escribió sobre Isaac, el futuro novio, y lo comparó con un sobreviviente de la Shoa.
De acuerdo al Midrash, él no era un niño cuando fue llevado al Monte Moría, sino un joven. Al ver a su padre pronto a degollarlo su alma salió de su cuerpo y volvió nuevamente. O, tal vez, vio ante sus ojos al ángel de la muerte y a su padre en ese terrible momento, cuando los dos estaban seguros que el cuchillo entraría en pocos momentos en su cuerpo (no por casualidad, justamente, fueron sus ojos los que se nublaron cuando envejeció). En nuestros días a esa experiencia espantosa se le llama trauma.
Rabi Eliezer ben Padat escribió que: “A pesar que no murió Isaac, el texto da el sentido como si hubiera muerto y sus cenizas se encontraran sobre el altar. Por eso esta escrito `y volvió Abraham a sus mozos´ e Isaac no es recordado.”
Otros sabios dijeron: “Dos años estuvo Isaac en el Jardín del Edén para curarse de la herida que le profirió su padre cuando estuvo dispuesto a degollarlo”.
Tan profundo caló el trauma en su corazón que es dable pensar que en su adultez fue un ser sensible y frágil. Tal vez, le costaba reconocer el lugar importante en que lo colocó la Historia.
Isaac no era aún uno de los patriarcas cuando murió su madre. Tenía casi cuarenta años y a pesar de ello era un joven confundido. No le fue anunciada la muerte de su madre pues temían perturbarlo.
Y he aquí que una tarde cuando salió solo a meditar al campo, “levantó los ojos y vio que se acercaban camellos”. En ese mismo instante, simultáneamente, como en todos los grandes dramas, “levantó Rebeca sus ojos y vio a Isaac”. Es muy frágil ese momento y entretuvo a varios exegetas, que describieron a Isaac envuelto en sus talit (manto sagrado) y con las manos en alto en signo de oración. (Isaac por supuesto salió a rezar Minjá, ya que un justo como él no saldría al campo sin un motivo. Es interesante comparar esto con Dina la hija de Lea, que salió “a pasear por ahí”. Es decir que la violación que padeció fue un castigo.)
El instante en que Rebeca e Isaac se ven, se puede entender de otra manera: Como el encuentro determinante, la unión de dos personas que fueron atraídas una a la otra y una al dolor del otro; con una fuerza enorme de la que no tienen dominio. Si él rezaba, su oración se cortó en el momento que la vio. Y si partimos de la base que la caída de Rebeca del camello no fue una estratagema femenina graciosa para atraer la atención, entonces ella tanto como él fueron golpeados por un rayo de asombro.
“¿Quién es ese varón que anda por el campo a nuestro encuentro?” (Gén., 24:65), preguntó Rebeca a Eliezer, luego que estuvo en silencio todo el camino. Cuando le dijo quién era, tomó su velo y se cubrió. ¿Era tan casta? Tal vez. Así lo establecen la mayoría de los comentaristas, y así se educan a generaciones de jóvenes religiosas. Pero tal vez, la joven que estaba sentada sola en la montura del camello, se asustó confundida de miedo y alegría, sentimientos que la invadieron al ver al hombre a quien estaba destinada. De repente, en el momento en que sus ojos se cruzaron, él la impresionó tanto, y ella tomó conciencia que con ese hombre viviría toda su vida, perdió el equilibrio y se cayó de la cabalgadura. Después, avergonzada y sonrojada, se cubrió la cara y la cabeza.
Muchas generaciones después siguen las novias cubriéndose la cabeza con el velo. Generación tras generación se lee ante los novios el relato del encuentro de Isaac y Rebeca, el más romántico del Tanaj.
Rabenu Behaye escribió que esta costumbre tiene como fin “recordar al pueblo que un hombre debe cuidarse de no tomar como esposa a una mujer por su belleza y por su dinero” (es extraño, porque Rebeca, ya se dijo, era hermosa), pero los novios pueden también aprender del relato algo sobre el amor.
El ultimo versículo del capitulo 24 del Génesis es estimado por los sabios: “La trajo Isaac a la tienda de Sara, su madre, y tomó a Rebeca y fue su mujer y la amó y se consoló Isaac por la muerte de su madre”. Los sabios consideran que es un ejemplo del verdadero amor, que viene con el tiempo y con la convivencia. La mujer ideal, dicen los intérpretes, es la que crea el ambiente en la casa judía. De acuerdo a varias versiones, Isaac probó a Rebeca. ¿Acaso ella merecía estar en la tienda de Sara? Y ella por supuesto pasó cada prueba: las puertas que estaban abiertas en la época de Sara, nuevamente se abrieron. La bendición regresó sobre la masa y la vela que estaba encendida desde la víspera del sábado hasta la víspera del sábado siguiente, y que se extinguió con la muerte de Sara, volvió a estar encendida. La tienda de los patriarcas, escribió Najmánides, era similar a la tienda del Tabernáculo, en donde estaba encendida la vela, el pan estaba puesto y “la nube de Dios sobre el Tabernáculo”, al igual que la nube que se encontraba en la puerta de la tienda de Sara regresó cuando entró Rebeca.
En estas descripciones hay, sin duda, gran belleza espiritual (y no poca enseñanza machista sobre cómo deben comportarse las mujeres. No es por casualidad que las niñas ultra-ortodoxas, que tienen absolutamente prohibido bucear en las profundidades de los midrashim, conocen de memoria justamente este trozo).
El versículo esta cargado de otras posibilidades interpretativas: “La trajo Isaac a la tienda de Sara, su madre, y tomó a Rebeca y fue su mujer y la amó y se consoló Isaac por la muerte de su madre”. El orden de las acciones justamente atestigua una cercanía magnética, cargada de profundo erotismo, de los dos, de uno hacia el otro. El hombre destrozado por la muerte de su madre llevó a la joven extranjera (que, para colmo, fue traída para él por decisión de su padre y a quien él acepta completamente, aun en forma pasiva) con absoluta seguridad, sin suspicacias, sin pretextos, hacia el lugar más preciado, el lugar de donde él llegó al mundo, al calor y a la luz perdidos (la tienda de su madre). Esta es una situación en donde se revierten los hechos de forma interesante: de la misma manera que Isaac fue como víctima hacia el Monte Moriá, y obedeció a su padre en todo lo relacionado a la Akedá, aquí nuevamente él se dirige, no pregunta ni discute, hacia el momento de unión que atemoriza a todo joven. Hacia la entrega total del amor. Y, a su vez, este segundo ir es el que cura sus heridas anteriores.
Hay quienes les gusta presentar a través de este corto texto “Y tomó a Rebeca y fue su mujer” a la primer boda judía, pero ¿acaso no existe aquí la posibilidad de una unión bíblica simplemente? Es decir, Isaac se avino a Rebeca como un hombre se acerca a una mujer. Justamente con esta joven, que vino a él en completo silencio (el texto no informa de ninguna conversación que se hubiera desarrollado entre ellos luego de que sus miradas se encontraron en el campo), y ocurrió lo más maravilloso: ella le respondió con amor. Antes “y tomó a Rebeca”, luego “y fue su mujer” e inmediatamente “y la amó”. La elección de estas tres expresiones, una tras otra, puede testimoniar también sobre la fuerza de un acto de amor y de la íntima cercanía entre ambos.
El factor tiempo no queda claro. No se sabe si todo eso pasó en una sola noche o en un mes o en un año. Pero sólo Rebeca, luego de esta acción de amor, llenó el enorme espacio vacío que dejó su madre. Por fin llega la verdadera mujer, cuyo amor libera a Isaac de la relación edípica infantil que amenazaba con amargar su vida. Sí, es un amor adulto, amor extraño y poderoso: erótico y espiritual a la vez, que une al alma y al cuerpo en una relación que se profundiza con cada momento que pasa. Isaac tenía una necesidad profunda de amor y Rebeca también tenía la necesidad, y la fuerza, de brindarle amor.

Y Rebeca escucha

Rebeca, afirma el Rabino Adin Steinsaltz en su comentario maravilloso sobre la figura de la segunda matriarca (“Rebeca, la oveja blanca de la familia”) es una mujer asertiva, que siempre sabe lo que hace. A los ojos de Steinsaltz, Rebeca posee un “poder de visión por encima de los sentidos”, de forma similar al poder de la profecía, tal como es descrito por Maimónides.
El hombre de fe debe explicar la personalidad de Rebeca en la forma más positiva posible, de lo contrario no serían entendidas sus acciones, dado que su preferencia por el hijo más joven sobre el primogénito y el enorme engaño que planea hacia su marido despiertan difíciles preguntas. Cuando la base de todo análisis es que Jacob debía ser el tercer patriarca, el gran líder, que su nombre fuera cambiado por Israel y las doce tribus fueran su descendencia, no hay ningún problema en presentar a Rebeca como una gran mujer, como la que complementa a Isaac en sus dudas y en su fragilidad.
Rabí Steinsaltz propone una descripción que también el lector no religioso, que intenta interpretar a los personajes bíblicos con la luz humana que él entiende, puede aceptar. Rebeca, dice Steinsaltz, es el contrario absoluto de Isaac: ella crece en el marco de una familia donde no se puede fiar de nadie, debe ser activa y actuar todo el tiempo a su modo. Isaac, que estuvo siempre rodeado por personas en quienes podía confiar, en un mundo jerárquico ordenado, no tiene conciencia del mundo del mal. El mismo Steinsaltz relata la historia de Rebeca desde un mundo de fe absoluta (en donde todas las relaciones y las causas son divinas), seguramente no está interesado que esta interpretación no salga de estos límites. Y a pesar de ello, es difícil no relacionar su afilada percepción a la figura con la Rebeca pequeña, que se escapa de su cruel padre, que se cae del camello con un gesto gracioso, que entra con seguridad a la tienda de Sara y envuelve a Isaac en un gran amor. Esta es la Rebeca que cuando los mellizos saltan en su interior no se queja a los oídos de su esposo, sino que se dirige, con sorprendente coraje, a Dios: “y fue a inquirir a Dios”. Hay comentaristas que dicen que fue a preguntarle a Abraham, que él fue el intermediario, sin embargo, no es una explicación aceptable, que viene a imponerse a la sorpresa de los hombres ante la descripción y el grito de ella: “Si es así, ¿por qué a mi?”
Y esta es Rebeca que sabe muy bien, con una percepción que limita con la crueldad, que Jacob es, de sus dos hijos, el destinado a continuar la descendencia. No sólo porque lo quiere tanto, sino también por su profunda necesidad de influir y establecer el futuro. En este sentido es Rebeca, y no Isaac, la verdadera líder. Y con el sentido de misión que posee y no poca megalomanía (justo en la medida necesaria para quien se atreve a cambiar el transcurso de la historia), ella decide rápidamente, con frialdad de espíritu y con una asertividad que hace temer y que le son características, engañar a su marido.
“Y Rebeca escucha”. Isaac, que cincuenta años antes de su muerte ya estaba sentado en su casa y temía a cada segundo que viniera la muerte, tan conocida por él, y se lo lleve con ella, no pudo diferenciar lo importante de lo vano. Su corazón se sentía atraído por el hijo diferente a él, y su voz se dirigía a él con amor. “El olor de mi hijo es como el olor del campo”, le dijo al hijo incorrecto. Rebeca escuchó todo. No sólo lo que se dijo, sino también lo que era necesario que se dijera y también lo que se diría. Los ojos de Isaac se nublaron, ¿tal vez nunca vio con la certeza que requiere un líder? Pero Rebeca, en cambio, veía todo: el pasado, el presente y el futuro.
Y así, con una seguridad que congela, ella tranquilizó a su hijo mimado y confundido. “Sobre mi tu maldición, mi hijo”, le dijo, y de esa forma, ella sola pagó el precio.

La encina del llanto

En una mirada retrospectiva, Rebeca fue sólo el brazo ejecutor de la acción divina. Sólo ella, la niña nacida en un hogar perverso, inteligente y dotada con una fuerza fuera de lo común, era capaz de hacer que Isaac bendijera a quien debía, de acuerdo al orden preestablecido y que Jacob sea el dueño de la primogenitura. Desde un principio se le dijo que, “el mayor serviría al menor” (Gén., 25:23), y ella se reservó para sí esa importante información. En el momento adecuado ella supo cómo actuar. ¿Y luego? Isaac se ocultó en su desesperación y en su miedo a la muerte. El odio de Esav hacia Isaac se fortaleció y Rebeca se vio obligada de alejar de ella al hijo amado, para defenderlo. “¿Por qué debo perder a los dos el mismo día?”, le dijo a Jacob y de hecho ya sabía que había perdido a los dos.
Vete, vete, ella incita a Jacob que se apresure a escapar a Jarán y le promete algo que no va a cumplir: “Yo te envío y yo te recogeré de allí”.
De aquí en adelante Rebeca desaparece, no aparece en ningún otro lugar del Tanaj. Cuando se menciona la muerte de Isaac se dice que él era anciano y lleno de días, “Y lo enterraron Esav y Jacob sus hijos”. Años después, cuando Jacob anciano le anuncia a sus hijos que él está a punto de morir, les pide que lo entierren con sus padres, “En la cueva que se encuentra en el campo de Majpelá”. Allí, dice Jacob, “Enterraron a Abraham y a Sara su mujer, allí enterraron a Isaac y a Rebeca su mujer, y allí enterré a Lea”.
¿Pero, cuándo murió Rebeca? ¿Cuándo fue enterrada? ¿Quién la enterró? ¿Por qué no hay ni siquiera un pequeño comentario sobre esto?
Cuenta una de las agadot, que la sacaron de noche y así ella lo ordenó. “Jacob, mi hijo el tzadik (justo)”, dijo, “no está aquí. Isaac, mi justo esposo, se encuentra en la casa porque sus ojos no ven. Si me sacan durante el día, este malvado (Esav) irá delante de mi féretro, y dirán: “oh, de esos pechos, él mamó”. Por eso ordenó que se la enterrara de noche y no se escribió nada sobre su muerte.
Más allá de la extrañeza que provoca la desaparición de Rebeca del relato bíblico, esta amarga agadá refleja poderosamente a la dura Rebeca, que elige las palabras más crueles para describir su destino.
¿Tal vez ella desapareció porque terminó su función? ¿Tal vez en el momento en que Jacob encuentra a Raquel y se enamora de ella, toma como esposa a Lea y a las concubinas que le dan a sus doce hijos (y a su desgraciada hija), Rebeca puede bajar del escenario? ¿Un final cruel? No para Rebeca, quien desde el día que nació supo que la realidad es peligrosa y perversa, que ella es la que debe darse valor continuamente pues nadie le va a repartir premios. Al final de cuentas recibió su lugar de honor en la cueva de Majpelá, y con justicia lo ganó.
Pero otra agadá, menos conocida, resalta la tremenda soledad de Rebeca, que es el reverso de la moneda, cuyo anverso es el eterno dominio que ejercen las madres en toda familia. “Y se murió Devora la nodriza de Rebeca y fue enterrada debajo de Bet El, bajo una encina, y fue llamada la encina del llanto”. Día tras día, cuenta la agadá, esperó Jacob que Rebeca lo mandara buscar y le dijera que regrese. Su alma desesperaba por su querida madre. Y cuando llego a Bet El vio la figura conocida de la anciana Devorá. “Devorá, Devorá”, la llamó y se dirigió a ella con alegría. Seguramente vino a avisarle que su madre le espera. Pero el rostro de Devora le anunció algo terrible, con las últimas fuerzas le contó la muerte de su madre e inmediatamente murió ella también.
La encina del llanto es el árbol de las añoranzas de Jacob, que quedaron huérfanas, quien se enlutó pero de segunda mano. Sólo el árbol solitario se encontraba allí, como recuerdo lejano de la gran matriarca que supo manejar todos los hilos, ninguno de quienes amaba estuvieron junto a ella a la hora de la muerte.

La Antología Korot meBereshit, mujeres israelíes escriben sobre el libro Bereshit, compilado por Ruth Ravitzky, fue publicado por Iediot Ajronot, Tel Aviv, 1999.
Traducción libre de Edith Blaustein.

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