¿Morará verdaderamente? – Comentario a la parashá de Trumá

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Rabino Nissan Ben Avraham

1¿Cómo puede abarcarle esta Casa?

“¿Morará verdaderamente D’ios sobre la tierra? Los Cielos y los Cielos de los Cielos no pueden abarcarte, cuánto menos esta casa que yo he edificado”, dice el rey Shlomó en su discurso de inauguración del Templo de Jerusalén (1º Reyes 8:27).

Es una pregunta que se hace la Humanidad una y otra vez, decepcionado al no conseguir este vital contacto con el Creador. Desde el alba de la Humanidad como tal, ha sido su gran deseo, su gran necesidad, un instinto primario.

A diferencia de lo que puedan decir los científicos, nuestra opinión de ‘Hombre’ es contundente. Para ellos, el hombre es una evolución de una rama animal, de la clase Mammalia y del orden de los Primates, de la familia Hominidae, etc. con sus características especiales, por supuesto, pero sin nada ‘especial’ que lo diferencie drásticamente del resto de los animales.

Nosotros decimos que el Hombre es aquel que ha recibido un alma divina y que es capaz de tomar contacto directo y consciente con el Creador, lo que se llama ‘profecía’. Aquellos que no han evolucionado lo suficiente como para llegar a este contacto, pues posiblemente no sean más que ‘animales desarrollados’, según la opinión científica. Pero la mayoría de aquellos que normalmente denominamos ‘hombres’, incluso aquellos que pretenden estar más alejados de la espiritualidad, tienen esta alma divina y esta necesidad de estar en contacto con el Creador.

Y de ahí la frustración. Si tenemos esta alma espiritual, divina, insuflada precisamente para permitir este contacto con el Creador, ¿por qué este contacto no tiene lugar? Cierto que algunos pretenden tenerlo, pero ¿cómo podemos saber si es verdad, si es un verdadero contacto y no solo un deseo cumplido en sueños? ¿Cuántas veces nos hemos desengañado al conectarnos por medio de una conexión que no funcionaba? “¿Morará verdaderamente D’ios sobre la tierra?”

El contacto Universal

La respuesta es de una cruel sencillez: la Humanidad se ha alejado del Creador, a causa del mal comportamiento, como nos enseña la Torá en sus primeros capítulos. La conexión se hace más difícil, puesto que no se cumplen las condiciones, o se cumplen solo a medias. Por supuesto, no depende de Él, sino únicamente de nosotros, de la Humanidad en general y de cada uno de nosotros en particular.

Pues bien, hace 3328 años se consiguió de nuevo el contacto, en el Monte Sinai, con todo el Pueblo de Israel. Y este contacto duró unos novecientos años sin interrupción, hasta la destrucción del Primer Templo. No fue un regalo, sino el fruto de muchos años de esfuerzos conjuntos, de los Patriarcas y de cada uno de los miembros del Pueblo, un duro trabajo espiritual que nadie puede hacer para ti.

Y aquí, de nuevo, debemos matizar algo muy importante. Hay dos tipos de contacto: el personal y el nacional. El contacto nacional tiene un Wifi mucho más poderoso y permite que incluso aquellos cuyo nivel personal sea defectuoso puedan ponerse en contacto con el Creador. Tanto sabios como sencillos, tanto judíos como gentiles: todos pueden acercarse y tomar contacto, y se convierte en Contacto Universal.

En cambio, el contacto personal requiere un nivel espiritual altísimo, alcanzado por unos pocos antes de aquel portentoso acontecimiento del Monte Sinai. El resto de la Humanidad quedó a oscuras durante los primeros siglos de Historia, hasta que pudo acercarse al Templo de Jerusalén. Y desde la destrucción de este Templo, hará unos dos mil cuatrocientos años, perdimos de nuevo el Wifi y quien quiera acercarse de nuevo al Creador tendrá que trabajar muy duro para conseguirlo.

Pequeños Santuarios

¿Nos queda algo del ambiente creado en el Templo? ¿Se ha perdido todo? ¡Por supuesto que no se ha perdido todo!

Siglos después de la destrucción del Templo sigue habiendo ‘residuos’ del gran contacto, y son asequibles para los individuales. El Pueblo de Israel sigue manteniendo un estatus especial en este sentido, y cuando se cumplen las instrucciones que tenemos en la Halajá podemos esperar que el contacto sea muy perceptible, aunque no llegue ni de lejos a la exuberancia que había en el Templo. Una de las instrucciones es, precisamente, la vida comunitaria. El judío no puede convertirse en un ‘Llanero Solitario’ o un ‘Robinson Crusoe’ judío, sino que necesita desesperadamente, vitalmente, una comunidad. Sin comunidad no podrá hacer (casi) nada.

La vida comunitaria debe ser cuidada con sumo esmero, ya que sigue proporcionando un Wifi, aunque muchísimo menos potente que el del Templo, que permite ‘saltarse las imperfecciones’ individuales y acceder al contacto tan deseado con el Creador. La sinagoga se considera un Pequeño Santuario, siguiendo el versículo de Y’jezquel (Ezequiel 11:16): “Por tanto, así dice el Señor D’IOS: al alejarlos en las naciones y al esparcirlos entre los países, les seré un pequeño santuario en las tierras a las que lleguen”. Esto significa que no basta con ‘estar en la sinagoga’, como antes bastaba con ‘estar en el Templo’ para acceder a la conexión, sino que es necesario un esfuerzo también por parte del individuo, aunque no es tan inusitadamente enorme como antes de la época del Templo.

Por esto debe cuidado con sumo esmero la Comunidad, el Cahal – como lo llamaban antiguamente, o la Quehilá – como la llaman actualmente, la asamblea o la congregación, para que la conexión con el Creador sea posible, para que sea efectivamente un Pequeño Santuario en el que encontremos consuelo a nuestro instinto primario de conectar con el Creador.

Añadamos a todo esto una nueva perspectiva. En el Salmo 27 declara el rey David: “una cosa he pedido al Señor, una cosa he solicitado, estar en la casa del Señor todos los días de mi vida, contemplar la belleza del Señor y visitar su Templo”. La pregunta clásica dice: si está ya en la casa del Señor, ¿cómo puede visitar el Templo? ¿No es lo mismo? Y la respuesta dice que debemos intentar convertir nuestras casas particulares en Pequeños Santuarios, y así podremos estar continuamente en Su casa, y con ello acercaremos la época en que podamos visitar su Templo.

En estas parashás estudiamos la construcción del Tabernáculo, la versión móvil del Templo, y nos preguntamos de nuevo ¿morará D’ios en la tierra? ¿Seremos capaces de revivir esta Presencia Divina? ¿Somos merecedores de ello?

Como en la casa particular de cada uno de nosotros, no basta con el mobiliario, las flores o el aroma de la comida en la cocina. La casa la hacen, en primer lugar, sus habitantes y el contenido que vertimos en ella en el día a día. Esto depende completamente de nosotros. Si somos capaces de llenar nuestra casa de cosas positivas, de amor entre sus moradores, de estudio de la Torá, convertirla en centro de actividades de ayuda al prójimo, entonces esta casa se convierte en un Pequeño Santuario, como la sinagoga y en camino a la restauración del Templo de Jerusalén donde la Presencia Divina será muchísimo más asequible, completamente evidente.

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