Vislumbrando la redenci?n

Recientemente, creo haber sido testigo de una peque?a luz camino a la redenci?n, en el Kotel Hamaarav?.

Fue en la v?spera de Iom Ierushalaim, d?a que marca la liberaci?n y reunificaci?n de Jerusalem durante la guerra de los Seis D?as, en el ?67, cuando paracaidistas armados con fe y con armas tomaron por asalto las posiciones del enemigo y liberaron el monte del templo luego de haber estado bajo control extranjero durante casi dos mil a?os.

Cientos de israel?es llegaron de distintas partes del pa?s, para conmemorar el 43avo aniversario de dicho hist?rico evento.

Algunos vest?an jeans, otros trajes oscuros, pero sea cual sea su atuendo, todos llegaron a este lugar por la misma raz?n: para afirmar nuestra inquebrantable conexi?n con la historia jud?a as? como nuestra fe en el destino del pueblo jud?o.

El muro se encontraba all? en todo su esplendor, y yo me encontraba maravillado de tan solo pensar acerca de la desesperaci?n y los sue?os, la esperanza y los horrores de los que el mismo ha sido testigo a lo largo de los siglos.

De hecho, los surcos dentados y las suaves y fr?as grietas del muro parecen haber sido cinceladas no por las manos de trabajadores antiguos, sino por generaciones de l?grimas que de seguro han dado forma a su fachada.

Pero en esta noche tan especial, las rocas masivas brillaban en forma especial, cuando una remarcable y edificante escena tuvo lugar.

Un gran grupo de estudiantes de la Yeshiva Maarava, secundario religioso cerca de la ciudad de Modi?n, se mov?an hacia delante y hacia atr?s, profundamente penetrados en su plegaria nocturna, con sus sombreros negros en la cabeza y la chaqueta del traje en los hombros.

Cuando terminaron de rezar, comenzaron a cantar, formando una serie de c?rculos conc?ntricos de intensa solemnidad.
Muy cerca, un grupo de alumnos del colegio sionista religioso Joreb, de Jerusalem, hicieron camino hacia el muro, y el contraste entre los dos grupos no pod?a ser mayor.

Con sus kipot tejidas y sandalias, con su look adolescente, los alumnos de Joreb parec?an sumamente informales. Llevaban orgullosamente remeras con un slogan en hebreo, el cual dec?a ?no existe el sionismo sin Si?n?, y estaban llenos de un patri?tico fervor.

Los alumnos de Maarava, en cambio, proyectaban formalidad y recato, con sus zapatos de vestir, camisa blancas y sus pantalones negros, reflejaban seriedad y resoluci?n.

Y en eso sucedi?.

Mediante una fuerza inexplicable, los dos grupos se unieron. Agrandando los c?rculos y uniendo sus manos, comenzaron a bailar, a cantar y a celebrar en forma un?sona.

Todos los desacuerdos ideol?gicos y teol?gicos, todas las pol?ticas y las sospechas mutuas fueron dejadas de lado, mientras que los j?venes alumnos de Joreb y Maarava un?an sus manos ? literal y figurativamente ? para agradecer a Hashem y regocijarse en Jerusalem.

Cada vez iban m?s r?pido y elevaban sus voces a?n m?s. ?Que sea esta una hora de misericordia? ? le ped?an al Creador, ?y un momento de aceptaci?n ante Ti?.

Los espectadores, observaban la escena anonadados, mientras que jaredim y religiosos sionistas, ?gorros negros? y ?kipot tejidas?, danzaban sosteni?ndose unos a otros firmemente y con una empu?adura familiar, revelando su instinto de hermandad que llevaban dentro.

De repente, los c?rculos convergieron, dejando a dos hombres en el centro: Rabi Baruj Cahit, fundador de Maarava, y Rabi Itzjak Dror, Rosh Yeshiva de Joreb.

Los mismos cruzaron las l?neas, uno hacia el otro, y comenzaron a danzar con la misma pasi?n de dos novios en la noche de su boda.

Sus rostros radiaban de alegr?a, estos dos maestros espirituales le dieron a todos los presentes una gran lecci?n acerca de la importancia de la unidad en el juda?smo.

Inspirados por la escena, sus estudiantes comenzaron a cantar las palabras que tradicionalmente se recitan en la plegaria de musaf: ?unidos, unidos, todos unidos, al un?sono T? santidad triplicar?n?, con un claro y muy vocal ?nfasis en la palabra ?unidos?.

La pureza del momento era abrumadora, y no tengo ninguna duda que Hashem observaba desde el cielo orgullosamente, como un padre que disfruta de ver a sus hijos unidos.

Aqu? yace uno de los m?s grandes e ?ntimos secretos de Ierushalaim: su capacidad de unir a jud?os de todos los espectros.

En tan solo unos a?os, dichos estudiantes de Joreb vestir?n uniformes y tomar?n armas para defender al estado, mientras que muchos de los estudiantes de Maarava se dedicar?n a estudiar nuestros sagrados textos.

Votar?n por distintos partidos, vivir?n en diferentes comunidades, y posiblemente se abstendr?n de casarse unos con los otros.

Pero por un breve instante, todo esto parec?a lejano.

Observar dicha abrumadora fraternidad, con ella estaba segura que el tan esperado redentor estaba por llegar. El amor sin sentido tom? el lugar del odio sin sentido bajo la silueta del lugar donde en su momento se encontraba nuestro Templo.

Sin embargo, no hubo ning?n sonido de shofar dicha noche, ni el mashiaj apareci? repentinamente. Los bailes eventualmente finalizaron, y la gente regres? a su casa, cada cual retorn? a su camino.

Pero dicha noche, estoy seguro, tuvimos una peque?a imagen de c?mo ser? nuestra redenci?n, cuando todos los jud?os se reunieron para servir a Hashem y se abrazaron unos a otros como hermanos.

Si tan solo pudi?semos convertir dicho momento de algo temporal en algo permanente, si pudi?semos simplemente observar m?s all? de las diferencias. Entonces, quiz?s, esta imagen podr?a convertirse finalmente en algo eterno que todos deseamos atestiguar.

Michael Freund

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